Cada vez que abro un manual de análisis financiero y veo la lista interminable de ratios que propone, con sus treinta o cuarenta fórmulas colocadas en fila como si todas importaran por igual, entiendo perfectamente que a un directivo se le quiten las ganas de acercarse al tema, porque esa manera de presentarlo confunde tener muchos indicadores con tener criterio, y por mi experiencia una cosa suele ir en detrimento de la otra. En más de veinte años sentándome con gerentes a mirar sus cuentas he comprobado que quien dirige bien no maneja cuarenta ratios, maneja media docena que entiende de verdad y que sabe interpretar en su contexto, así que aquí me voy a saltar la lista larga y me voy a centrar en esos pocos que de verdad merece la pena que hagas tuyos y, sobre todo, en qué te están diciendo cada uno cuando los miras.

Empecemos por lo básico, porque la palabra ratio asusta más de lo que debería y detrás de ella no hay nada complicado: un ratio es sencillamente una división entre dos cifras de tus cuentas que, al ponerlas en relación, te cuenta algo que ninguna de las dos por separado te contaba. Un número suelto casi nunca dice nada, porque tener cien mil euros en el banco puede ser una fortuna o una miseria según a cuánto asciendan las deudas que vencen la semana que viene, y es justo esa comparación, la del dinero disponible contra lo que tienes que pagar, la que convierte una cifra muda en una señal que puedes leer. Los ratios no son más que eso, comparaciones inteligentes, y se agrupan en cuatro familias según la pregunta que respondan.

Liquidez: ¿puedo pagar lo que vence pronto?

La primera familia es la de la liquidez, que responde a la pregunta más terrenal de todas, la de si vas a poder atender los pagos de los próximos meses sin ahogarte, y aunque hay varios ratios en este grupo el que más uso es el ratio de liquidez o razón corriente, que se calcula dividiendo el activo corriente, es decir, lo que vas a convertir en dinero a corto plazo, entre el pasivo corriente, que es lo que tienes que pagar a corto plazo. La lectura es intuitiva, porque si el resultado es mayor que uno significa que dispones de más recursos a corto que deudas a corto, y si baja de uno es una señal de alarma de que podrías tener problemas para llegar a fin de mes. Este ratio bebe directamente del capital de trabajo, que es exactamente la diferencia entre esas dos masas, así que si ya entiendes uno tienes medio camino hecho con el otro.

Endeudamiento: ¿de quién es el dinero que muevo?

La segunda familia mide cuánto dependes de la deuda, y me parece de las más reveladoras porque destapa el riesgo que muchas veces queda escondido detrás de una buena cifra de ventas. El ratio de endeudamiento más habitual divide la deuda total entre el patrimonio neto, es decir, compara el dinero que has pedido prestado con el dinero que han puesto los socios, y te dice de un vistazo si tu empresa se sostiene sobre todo con recursos propios o si tira mucho de financiación ajena. Ni un extremo ni el otro son buenos por sistema, porque una empresa sin nada de deuda a veces está renunciando a crecer y una muy apalancada vive con la soga al cuello, y aprender a leer de qué bolsillo sale cada euro es exactamente lo que se aprende viendo cómo leer un balance, que es la fuente de la que salen todos estos ratios.

Rentabilidad: ¿le saco jugo al dinero invertido?

La tercera familia es la que más ilusión hace mirar cuando las cosas van bien, la rentabilidad, que ya no se conforma con saber si ganas dinero sino que pregunta si lo que ganas es mucho o poco en relación con lo que has tenido que invertir para conseguirlo, que es una pregunta bastante más honesta. Aquí mandan dos siglas que conviene tener domesticadas, el ROE y el ROA, y aunque suenan a examen se entienden en una frase cada una.

ROE y ROA en una frase cada uno

El ROE, la rentabilidad sobre los recursos propios, divide el beneficio neto entre el dinero que han puesto los socios y responde a la pregunta que se hace cualquier dueño, la de cuánto le renta al año el dinero que tiene metido en su empresa, de modo que un ROE del quince por ciento significa que por cada cien euros de los socios el negocio genera quince de beneficio. El ROA, la rentabilidad sobre los activos, divide el beneficio entre el total de activos y mide algo distinto pero complementario, la eficiencia con la que la empresa exprime todo lo que tiene, ponga ese dinero quien lo ponga. Mirar los dos juntos es interesante porque cuando el ROE es muy superior al ROA suele ser señal de que hay bastante deuda trabajando a favor, y ese detalle enlaza con el coste de esa deuda, que es de lo que hablo al explicar el WACC o coste medio del capital.

Eficiencia: ¿cómo de rápido gira mi negocio?

La cuarta familia es la de la eficiencia o actividad, que mide la velocidad a la que tu negocio convierte las cosas en dinero, y aunque parezca la más técnica es la que más pegada tiene en el día a día de la caja, porque aquí viven los famosos periodos de cobro y de pago. El periodo medio de cobro te dice cuántos días tardas de media en cobrar a tus clientes desde que les vendes, el periodo medio de pago cuántos tardas tú en pagar a tus proveedores, y la diferencia entre ambos explica buena parte de por qué a veces tienes beneficio pero no tienes dinero en la cuenta, ese desajuste tan común que desarrollo en por qué tienes beneficios pero no dinero. Si cobras a noventa días y pagas a treinta estás financiando a tus clientes con tu propio bolsillo, y ningún ratio de rentabilidad te va a salvar de esa tensión de tesorería.

El error de mirar un ratio a solas

Ahora viene la advertencia que más me importa, porque he visto tomar decisiones muy malas a partir de un ratio mirado en el vacío, y es que un ratio aislado no significa absolutamente nada mientras no lo compares con algo. Un mismo valor puede ser una maravilla en un sector y una catástrofe en otro, porque no tiene nada que ver la estructura de un supermercado, que cobra al contado y paga a plazo, con la de una constructora, que cobra a meses y adelanta materiales, así que el número que a una le sobra a la otra le hunde. Para que un ratio hable de verdad tienes que ponerlo delante de tres espejos.

Compara tu ratio con...Qué te dice
Tu propia empresa hace un añoSi vas mejorando o empeorando
La media de tu sectorSi estás por encima o por debajo de tus iguales
El objetivo que te marcasteSi vas camino de la meta o te desvías

Un ratio solo cobra sentido cuando lo enfrentas a tu historia, a tu sector y a tu objetivo.

Con esos tres espejos delante un ratio deja de ser un número frío para convertirse en una conversación sobre tu negocio, porque ya no te preguntas si el uno con dos de liquidez es bueno o malo en abstracto, sino si ese uno con dos es mejor que el uno con cinco que tenías el año pasado, cómo queda frente a las empresas parecidas a la tuya y si te acerca o te aleja de donde querías estar. Calcular ratios lo hace sola cualquier hoja de cálculo; lo que cuesta, y lo que de verdad se le paga a quien dirige, es leer qué te está diciendo ese número sobre tu negocio.

Comprueba en dos minutos qué tan bien lees tus números

Un test corto de ocho preguntas. No hace falta que te sepas ningún ratio: respondes, y al final te digo dónde estás y qué te conviene hacer.

Hacer el test →

Según cómo te salga, el propio test te lleva al curso de Finanzas para Directivos, donde estos ratios dejan de ser fórmulas sueltas y aprendes a interpretarlos con tus propias cuentas delante.

Quédate con cuatro preguntas, no con cuarenta ratios

No necesitas cuarenta ratios para dirigir con criterio, necesitas entender cuatro preguntas y tener un indicador que responda a cada una, si puedo pagar a corto plazo, cuánto dependo de la deuda, qué rentabilidad le saco al dinero y cómo de rápido gira mi negocio. El día que dejes de perseguir la lista completa y empieces a mirar esos pocos ratios comparándolos con tu propia historia, con tu sector y con tus metas, el análisis financiero se te vuelve manejable, porque dejas de pelearte con las fórmulas y pasas a hacerle a tus números las preguntas que de verdad te interesan.