De todas las siglas que se sueltan en una reunión de resultados, el EBITDA es probablemente la que más gente asiente sin tener del todo claro qué significa, y lo entiendo perfectamente porque durante años se ha usado como una especie de contraseña para parecer que uno controla, cuando en realidad detrás hay una idea bastante sencilla que cualquiera que dirija un negocio debería manejar sin sudar. Así que vamos a quitarle el misterio de una vez, que veas qué mide en realidad, cómo sacarlo tú mismo de tus propias cuentas y, sobre todo, eso que se calla aunque la cifra salga preciosa, que es la parte que casi nadie se molesta en contarte.
La palabra es un acrónimo inglés que suena peor de lo que es, porque no es más que la ganancia de tu empresa antes de restarle los intereses de la deuda, los impuestos y las amortizaciones. Dicho a mi manera, es lo que gana el negocio por el mero hecho de funcionar, antes de que entren en juego cómo lo tienes financiado, lo que se lleva Hacienda y el desgaste contable de tus máquinas e instalaciones. Y esa es justo la gracia del invento: al quitar esas tres cosas, te quedas con una cifra que mide si la operación en sí genera dinero, al margen de decisiones que poco tienen que ver con lo bien o mal que vendes y produces.
Para qué sirve mirar el EBITDA
Si este número se ha hecho tan popular es porque te deja comparar peras con peras. Dos empresas del mismo sector pueden tener beneficios finales muy distintos simplemente porque una arrastra un préstamo enorme y la otra no, o porque una acaba de comprar maquinaria que amortiza a lo bestia y la otra la tiene ya pagada, y si te fijas solo en el beneficio neto acabas comparando cosas que no son comparables. El EBITDA borra ese ruido y deja a la vista lo que de verdad quieres saber cuando analizas un negocio, que es si su actividad principal es rentable, y por eso es el número del que parten quienes valoran una empresa para comprarla, como conté en cuánto vale mi empresa, donde el valor se calcula precisamente multiplicando el EBITDA por un número de veces.
Cómo se calcula, paso a paso
Y aquí no te hace falta ninguna fórmula rara, porque el EBITDA vive dentro de tu propia cuenta de resultados y todo se reduce a saber dónde parar de restar. Se empieza por las ventas, se van quitando todos los gastos de la operación —las compras, el personal, los alquileres, los suministros, en fin, lo que cuesta que el negocio funcione— y llegas al resultado de explotación. A partir de ahí, para obtener el EBITDA, solo tienes que devolver a esa cifra las amortizaciones que habías restado, porque son un gasto contable que refleja el desgaste de tus activos pero que no ha salido de tu banco este mes. Si quieres entender bien de qué estamos hablando cuando digo resultado de explotación, te vendrá bien tener fresco cómo leer un estado de resultados, porque todo esto sale de ahí.
Un ejemplo con números
Imagina una empresa que vende 1.000.000 al año y que, después de restar compras, personal y el resto de gastos de la operación, llega a un resultado de explotación de 140.000, arrastrando además unas amortizaciones de 60.000 que estaban metidas dentro de esos gastos. El cálculo del EBITDA es tan simple como esto.
| Concepto | Importe |
|---|---|
| Ventas | 1.000.000 |
| (−) Gastos de la operación (incluidas amortizaciones) | 860.000 |
| Resultado de explotación | 140.000 |
| (+) Amortizaciones | 60.000 |
| EBITDA | 200.000 |
El resultado de explotación es de 140.000, pero como dentro había 60.000 de amortizaciones que no son salida de caja, el EBITDA sube a 200.000.
Fíjate en lo que acaba de pasar, porque es la clave de todo: la misma empresa "gana" 140.000 según el resultado de explotación y 200.000 según el EBITDA, y ninguna de las dos cifras está mal, simplemente miden cosas distintas. El EBITDA es más alto porque hemos decidido ignorar a propósito el desgaste de los activos, y eso está bien para comparar la operación, pero convendría no olvidarse de que esas máquinas algún día habrá que reponerlas y ese dinero saldrá de algún sitio.
Lo que el EBITDA no te está diciendo
Y llego a la parte que más me importa, porque es donde he visto a más de uno tropezar por fiarse de un EBITDA reluciente. Que este número sea alto no significa que tengas dinero en el banco, y esa confusión ha hundido empresas que sobre el papel iban de maravilla. El EBITDA deja fuera precisamente las tres cosas que sí vacían tu cuenta: los intereses que pagas por la deuda, los impuestos que te tocan y, de forma más silenciosa, el dinero que se te queda atrapado en existencias y en lo que te deben los clientes. Puedes tener un EBITDA estupendo y andar ahogado de tesorería a la vez, que es exactamente el drama que expliqué en tu empresa gana dinero pero no tienes efectivo, y por eso yo nunca miro el EBITDA solo, sino junto a la caja.
Hay además otro matiz que conviene tener presente sobre todo si alguna vez alguien te enseña el EBITDA de un negocio que quiere venderte, y es que ese número se puede maquillar. Se llama EBITDA normalizado, y consiste en ajustar la cifra quitando gastos que no son propios del negocio o sumando los que sí tocarían, lo cual es legítimo cuando se hace con criterio, pero también es el terreno favorito de quien quiere inflar el valor de su empresa. Cuando veas un EBITDA sospechosamente redondo, pregunta siempre qué han ajustado para llegar hasta él.
En resumen
El EBITDA es lo que gana tu negocio por funcionar, antes de intereses, impuestos y amortizaciones, y se calcula con solo devolver las amortizaciones al resultado de explotación. Es un número magnífico para saber si tu operación es rentable y para comparar tu empresa con otras, y por eso es la base de casi cualquier valoración. Pero no es la caja, tampoco es el beneficio, y encima se puede maquillar, así que trátalo por lo que es, una foto muy útil de la salud de tu operación que conviene mirar siempre acompañada del dinero que de verdad entra y sale. El día que manejes el EBITDA con esa naturalidad, dejarás de asentir en las reuniones y empezarás a preguntar tú.