Cada vez que un empresario se sienta delante de mí con una decisión de inversión encima de la mesa, ya sea comprar una máquina, abrir un local nuevo o meterse en una reforma que va a costar un dinero serio, la pregunta que le quita el sueño de madrugada no es cuánto va a costar, que eso lo tiene claro, sino si al final del camino habrá merecido la pena, y resulta que para responder a eso la contabilidad de toda la vida se queda corta, porque sumar lo que entra y restar lo que sale no basta cuando ese dinero entra y sale en momentos distintos. El VAN y la TIR son precisamente las dos herramientas que inventaron las finanzas para responder sin engañarse, y aunque suenan a jerga de banquero de inversión, no hacen más que poner números a una intuición que cualquiera entiende, que es que mil euros de hoy no valen lo mismo que mil euros dentro de cinco años.
Esa idea del valor del tiempo es la que sostiene todo lo demás, porque el dinero que tienes hoy lo puedes invertir, prestar o simplemente dejar quieto sin que pierda valor, mientras que el dinero que te prometen para más adelante ni lo tienes todavía ni es seguro que llegue, así que vale menos y hay que descontarlo, es decir, hay que traerlo al presente aplicándole una tasa que refleje ese coste de esperar. En cuanto asumes esa idea tan sencilla, el VAN y la TIR dejan de ser fórmulas hostiles y se convierten en dos formas de contestar a una pregunta muy terrenal, la de si el dinero que vas a recuperar mañana justifica el que pones hoy.
El VAN, o cuánto vale hoy lo que vas a cobrar mañana
El valor actual neto, que es lo que significan las siglas VAN, parte de coger todos los flujos de dinero que esperas que te devuelva una inversión a lo largo de los años, traerlos uno a uno al presente con una tasa de descuento, sumarlos y restarle a esa suma lo que te cuesta la inversión el primer día. La palabra neto viene justo de esa resta, porque no te quedas con el valor bruto de lo que recibes sino con lo que queda una vez descontado lo que pones, y el resultado es una cifra en euros de hoy que te dice cuánto suma o cuánto resta el proyecto a tu bolsillo. Si el VAN sale positivo la inversión te devuelve más de lo que pones incluso después de castigar los cobros futuros por el paso del tiempo, y por tanto crea valor y conviene hacerla; si sale negativo, aunque a primera vista parezca que ganas dinero, en realidad estás destruyendo valor y lo sensato es no meterse.
La TIR, esa misma cuenta puesta en porcentaje
La tasa interna de retorno llega al mismo sitio que el VAN por otro camino, porque en vez de soltarte una cifra en euros te lo cuenta en porcentaje, que es el idioma en el que piensa un empresario, el mismo con el que compara un depósito, el interés de un préstamo o lo que le renta el dinero parado en el banco. Técnicamente la TIR es la tasa de descuento que dejaría el VAN clavado en cero, es decir, el punto de equilibrio en el que la inversión ni crea ni destruye valor, y por eso funciona como la rentabilidad anual que le está sacando el proyecto a tu dinero. La regla de decisión con la TIR es igual de intuitiva, porque un proyecto interesa cuando su TIR supera el coste del dinero que lo financia, y ese coste no es otro que el WACC, de modo que si tu dinero te cuesta de media un 9 por ciento y el proyecto tiene una TIR del 15, estás ganando la diferencia, mientras que si la TIR se queda por debajo de ese 9 estás perdiendo aunque el proyecto dé beneficio contable.
Un ejemplo con números
Imagina que te planteas una inversión de 100.000 euros hoy para modernizar una línea de producción, y que estimas que esa mejora te va a generar unos flujos de caja de 30.000, 40.000, 45.000 y 35.000 euros durante los próximos cuatro años. Supongamos que el dinero te cuesta un 9 por ciento, que es la tasa a la que vas a descontar. Traer cada flujo al presente es dividirlo por uno más la tasa elevado al número de años que tarda en llegar, y al sumar los cuatro valores actuales y restarles los 100.000 que pones el primer día, el VAN sale solo.
| Momento | Flujo de caja | Valor actual al 9% |
|---|---|---|
| Hoy (inversión) | −100.000 | −100.000 |
| Año 1 | 30.000 | 27.523 |
| Año 2 | 40.000 | 33.667 |
| Año 3 | 45.000 | 34.748 |
| Año 4 | 35.000 | 24.796 |
| VAN (suma de los valores actuales) | +20.734 |
El proyecto crea 20.734 euros de valor en euros de hoy, y su TIR ronda el 18%, muy por encima del 9% que cuesta el dinero.
Léelo con calma, porque en esa tabla está toda la historia: los 150.000 euros que sumas de flujos brutos se quedan en 120.734 cuando los traes al presente, y al restarles los 100.000 de la inversión te queda un VAN de 20.734 euros positivos, lo que significa que el proyecto crea esa riqueza real medida en dinero de hoy. Y si en vez de fijar el 9 por ciento buscas qué tasa dejaría ese VAN en cero, descubres que hace falta subir hasta cerca del 18 por ciento, y ese 18 es la TIR, la rentabilidad que la inversión le saca a tu dinero, así que como supera con holgura el 9 que te cuesta financiarlo, la decisión es la misma mires el VAN o mires la TIR, que el proyecto sale a cuenta.
Para qué te sirven el VAN y la TIR el lunes por la mañana
La utilidad de estas dos cifras no es lucirlas en un comité sino tomar mejores decisiones, y ahí es donde separo el grano de la paja, porque la mayoría de empresarios deciden inversiones mirando solo cuánto tardan en recuperar lo que ponen, el famoso plazo de recuperación, que es una regla comodísima pero que ignora por completo lo que pasa después de recuperar y el valor del tiempo. El VAN va justo por donde falla ese atajo, porque no se queda en cuándo recuperas el dinero sino que se mira todos los flujos, hasta el último, y a cada uno le cobra el peaje del tiempo según lo tarde que llegue, y la TIR te lo traduce a un porcentaje con el que puedes comparar el proyecto contra tu coste de capital o contra cualquier otra alternativa de inversión, incluida la de no hacer nada. En la práctica los uso siempre juntos, el VAN para saber cuánto valor se crea en euros y la TIR para saber a qué rentabilidad, y como los dos beben de los flujos de caja futuros del proyecto, todo el análisis se sostiene o se cae según lo bien que hayas estimado esos flujos, que es exactamente el trabajo que explico cuando hablo de cómo hacer un flujo de efectivo proyectado.
Y hay una conexión más que me gusta señalar, porque este mismo razonamiento de descontar flujos futuros a una tasa es exactamente el que se usa para poner precio a una empresa entera, de modo que cuando entiendes el VAN de un proyecto pequeño ya tienes en la mano el motor de la valoración por descuento de flujos, que es la forma más seria de responder a cuánto vale mi empresa. La diferencia es solo de escala, porque valorar una compañía no es más que calcular el VAN de todos los flujos que se espera que genere en el futuro, así que el día que interiorizas cómo funciona el valor actual neto en una máquina de 100.000 euros, has entendido también cómo se valora un negocio de varios millones.
Lo que el VAN y la TIR no te están diciendo
No quiero venderte estas herramientas como una bola de cristal, porque tienen sus trampas y conviene conocerlas antes de fiarlo todo a un número. La trampa que más veces he visto reventar un análisis es que el VAN y la TIR valen exactamente lo que valgan los flujos que metes dentro, así que si te pones optimista de más al proyectar los cobros, el modelo te devuelve un VAN estupendo que solo existe en la hoja de cálculo y nunca aparece en la caja de tu empresa. A la TIR además le pasa una cosa curiosa, y es que cuando un proyecto tiene dinero que entra y sale cambiando de signo en varios años puede darte dos TIR distintas o ninguna, y ahí el porcentaje deja de significar nada y toca agarrarse al VAN. Y hay un detalle más que se le escapa a mucha gente, y es que un porcentaje no sabe de tamaños, de modo que un proyecto pequeño con una TIR altísima puede crear menos valor que uno grande con una TIR más discreta, y por eso, cuando dos inversiones se pelean por el mismo dinero, quien manda es el VAN.
Lo que quiero que te lleves de aquí
El VAN es cuánto valor crea una inversión medido en euros de hoy, después de traer al presente todos los flujos futuros y restar lo que pones al principio, y la TIR es esa rentabilidad anual que le saca el proyecto a tu dinero puesta en porcentaje. Aceptas cuando el VAN es positivo o cuando la TIR supera tu coste de capital, y cuando las dos reglas no se ponen de acuerdo yo me quedo siempre con el VAN, porque es el único que me dice, en euros contantes, cuánto valor hay encima de la mesa. Para mí son de las herramientas que más rápido cambian la cabeza de un directivo, porque le enseñan a dejar de decidir por instinto o por el plazo de recuperación y a hacerse la única pregunta que de verdad importa, que es si lo que va a recuperar compensa lo que va a soltar hoy, y el día que empiezas a mirar cada inversión de tu empresa con esa vara de medir dejas de perseguir proyectos que parecían buenos y solo daban trabajo, para quedarte con los que de verdad te hacen más rico.